Tu Nombre -Poema de Jaime Sabines-

Trato de escribir en la oscuridad tu nombre.
Trato de escribir que te amo.
Trato de decir a oscuras todo esto.
No quiero que nadie se entere,
que nadie me mire a las tres de la mañana
paseando de un lado a otro de la estancia,
loco, lleno de ti, enamorado.
Iluminado, ciego, lleno de ti, derramándote.
Digo tu nombre con todo el silencio de la noche,
lo grita mi corazón amordazado.
Repito tu nombre, vuelvo a decirlo,
lo digo incansablemente,
y estoy seguro que habrá de amanecer.

Yerta

Cae la tarde, cae la ilusión abatida, la brisa aumenta el dolor que siento al respirar. Mis años se empiezan a resumir en buscar cobijo, bebidas calientes y lechosas que me acunen y me apapachen, tazas grandes que se calientan y las pongo sobre mi pecho y entre mis manos creando mi propia maternidad. 

Recuerdo que mi caos emocional siempre quiero resolverlo con marcharme, con huir, mi viaje a diferencia de todos se llama habitación, mi rincón gris, si, cómodo y de luz cálida, encerrarme bajo la mirada azul océano de mi gato y las llamas de velas que enciendo en cada curva visual.

Algún día afronte diferente la imposibilidad que me hacia frente, era otra, con una sagacidad y una tenacidad que me mantenían con la mirada puesta en el foco y el animo sostenido por el hacer constante, importante, productivo. Ahora, me da pena mi escandalosa mentira, verme tan reducida a un acomodo inactivo, a un odio extremo por la gente, por las vías, por los saludos de repente cuando te encuentras a alguien, odio tedioso a todo lo que hay afuera con movimiento, con ojos, con voz.

Cuando era niña, el peligro era la calle, quisiera que mi mamá ahora me cuidara así, -no salís y punto- y seguir en ese amaño de guardarme, atrincherarme y consentir lo que se permita desde mi cama, desde mi ventana, desde una pantalla para repetir escenas de cine que me apasionan o me entristecen y lloro mucho, y vuelvo a repetir la escena y vuelvo a llorar. Quedarme encogida y aclimatada, con un par de medias, ruana, café, leña crujiente, velas, libros y lápices en cada cajón al tacto.

Mi pasado es mi querido refugio, ahí voy de buena gana, me ensurullo entre cobijas y desnudez, entre sueños que me recuerdan la realidad de lo que fue y ya no es.

Todo lo que de vos quisiera

Todo lo que de vos quisiera

es tan poco en el fondo

porque en el fondo es todo

como un perro que pasa, una colina,

esas cosas de nada, cotidianas, 

espiga y cabellera y dos terrones, 

el olor de tu cuerpo, 

lo que decís de cualquier cosa, 

conmigo o contra mía 

todo eso es tan poco

yo lo quiero de vos porque te quiero.

que mires más allá de mí, 

Que me ames con violenta prescindencia

del mañana, que el grito

de tu entrega se estrelle 

en la cara de un jefe de oficina, 

Y que el placer que juntos inventamos

sea otro signo de la libertad.

(Poema – Texto completo.) Julio Cortázar

El peso de la aguja

Siguiendo el trazo de suspiros desvividos

le añado al patrón de mi costura 

textura de anhelos y matices irreales

de un ayer extinguido y un mañana asfixiado. 

Hilando sueños miserables,

desbaratando tramas de heridas malsanas,

melancólico es el pespunte, se rasgó y ahora tiene hebras deshilachadas.

Y sigo bordando y cortando telares de dudas, 

y sigo zurciendo temores en viejas suturas.

Asumo mi labor con hondo suspiro y fatigado sentir,

asumo el diario,

tejiendo desde lo básico,

tejiendo con lo esencial,

tejiendo con “lo a la mano” de puntada en puntada, 

fantaseando telares de bienestar y entrelazando puntos de amor que anuden presencia y verdad. 

Es la irresolución que se apropia de mi esencia, 

nudo ciego, 

varios nudos, 

remate,

y un casi un punto final.

La banca

Tierra Seca, cielo sin nubes, resplandeciente sol.

Miradas desalmadas sentadas y compartiendo la banca de parque, dos meses sin lluvia, descuartizan la polvorienta tierra, la brisa agita los árboles, somos uno entre los gualanday florecidos, somos un mismo cansancio en esta caída. 

Las palabras pesan y mis ojos se cierran, se esfruezan mis parpados para abrir y capturar, me incomoda el tacto tibio y sensual que se acerca, la intimidad del instante parece dirigirse a un lugar común, me reacomoda el penasar que se ha quedado conmigo en horas que habían sido innegociables en otros días.

Me comparo con el sentir de un niño que sueña, imagina y crea en su mente los escenarios de juego con su gran amigo que ve pocas veces, un niño cuando su mejor amigo llega a visitarlo, con su desbordado entusiasmo queriendo jugar, comer, beber, dormir, correr, leer… al unísono. Anhelando ser un multiclon de sombras para reproducirse y disfrutar de esa presencia querida.

Construimos el caos que nos une en un mar de ilusión y desazón perfecta, hilvanamos a tientas ocasiones fortuitas, tan callados a ratos y tan pasionales siempre, tan encendidos y conversadores en otros, tan fuertes y cálidos, tan provocadores para todo, nos provocamos para bien y para mal. tan sólidos para sernos puente y transitar entre vida y plenitud, tan indiferentes para soltar la punta que sostiene y alejarnos. Tantos pedazos tuyos en los míos y míos en los tuyos, en la levedad de esta tarde, compusimos la melodía perfecta.

El corazón palpita en mis labios y late emocionado. Son incontables los hologramas que emiten las paredes de mi guarida gris y silenciosa. Desde antes las paredes gritaban solo un nombre. En la negra noche resplandece un bloque de sombra que excita y vigila, que acompaña y enamora con su genio elocuente, greñudo y angustiado.

El momento hecho perfección, la imagen efímera de un inefable momento de nuestro sentir inmarcesible, el instante de calma encajando serenamente.

Alelí soñadora, una de las mujeres que habitan en mi. 

Bajo el puente de mi sala

Ahí me aclimato, ahí me calmo, ahí me equilibro. atravieso días de cambio inminente, desasociego constante, la incertidumbre golpea y lastima mi amputado ser, uno que otro pensamiento valiente suele aparecer con intermitencia, para asumir con frente en alto las consecuencias inminentes que llegan, pero mi voluntad se doblega, mi espalda no aguanta un nudo más, siento el cuello resentido con las almohadas que intentan ayudar.

Necesito la corriente fría del río como cama, me urge estar boca arriba de Ortiz, mi alma cansada bebería tranquilidad y descanso real. El retorno seguro, es mi hogar, donde sola estoy, Donde no me encuentro, y no logro conciliar ni sueño profundo, ni siesta, ni lectura, ni reposo. Sin la que me cuida, sin el que me arrulla y sin el que me ama. discuto hasta con mi gato y no nos determinamos ni en pintura.

Despierto a Las tres de la mañana y juego a cerrar los ojos para no perder el sueñito de esa hora fría y buena para dormir, ¡gran estupidez! Solo me provoca ponerme tenis y salir a trotar, pero al haber dormido solo tres horas me resigno a esperar, que se acerque el alba para arrancar. a las cinco y cuarenta de la mañana troto como alma que lleva el diablo, con desespero, con miedo, con rabia, con malestar, con la espalda tiesa y cargando el muerto que me dio por llevar.

Al llegar la noche repito mi mantra de desecuentro con el sueño, le huyo a la cerrada de ojos que no logran conciliar, me desespero por salir a recorrer toda la avenida sexta, el bulevard del rio, visitar las sillas en concreto rosa que adornan el parque, la fuente y sus palomas que siempre están. ventilar la vista con el mural del “plan de desarrollo”, elevar mirada al cielo azul, buscar desde el parque de los poetas las tres cruces para maldecir a los que suben y maltratan la pobre montaña, tomar aire entre las ceibas que bordean el río y regresar a mi encierro. son las once de la noche y quiero salir a trotar ¡Ya!.

SINIESTRO

Estábamos junto al río y las llamas de la fogata ardían fuertemente, las campanas de la iglesia cercana sonaron anunciando las 11 de la noche, todo se inundó de repente en un silencio sepulcral nadie hablaba ni reía solo permanecía el susurro de un viento helado, en el oeste se veía una criatura de forma monstruosa escondido entre las sombras y se sentía sediento de sangre fresca.

Lo mas curioso de su aspecto era que parecía un humano pero con tentáculos y largos brazos y piernas, y la figura se fue acercando poco a poco hacia nosotros nos quedamos helados y sin ningún movimiento mi cuerpo no respondía, me intente mover pero no paso nada, la criatura se acerco a mi cara y me dijo ¿como quieres morir? me quedé frío sentí la respiración del monstruo en mi cuello, vi que tenia un hacha en la mano llena de sangre y me dijo -“te dejaré de último, primero van tus amigos”

El monstruo con uno de sus tentáculos partió a la mitad a mi amigo Daniel, de un momento a otro sentí un revoltijo en el estomago por ver las vísceras de mi amigo muerto, el monstruo me dijo -¿No te pareció eso muy divertido? Jajajajajaja “le intente decir algo pero no pude y el monstruo dijo en tono grave “vas a ser mi cómplice”

Le grite ¡Eres un monstruo! el se acerco a mi y me dijo dulces sueños me que de pensando por un momento ¿que me quiso decir?, cruzamos miradas y de un momento a otro me arranco los ojos y mis extremidades, inmediatamente empecé a gritar y morí de dolor lento producido en cada milésima de mi cuerpo.

Me desperté en mi casa, en mi cama con mis ojos y mis extremidades intactas, no lo podía creer, vi a mi amigo Daniel en mi sala jugando play y le pregunte ¿que paso? y el me respondió -Que no pasaba nada, solamente que me había desmayado después de jugar cuatro horas seguidas sin descanso y sin comida.

A.C.A.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Monologo de cuarentena

Estoy tomando una copa de vino malbec en mi balcón mientras leo un libro, la tarde cae lenta, pasiva y sin ganas de ser tarde, me dejo ir entre las ramas paralizadas por el peso de la realidad que las rodea y entre letra y párrafo me distrae el hambre, me paro de la silla del balcón y paso a la cocina,

Mientras la pimienta negra salta sobre el aceite de oliva esperando el revoltijo de tres claras y una yema, bajo el fuego y veo cómo se cocina mi tetero predilecto desde hace 7 meses que se fue Anita.

Abro paréntesis (siete es un número maldito para mi

A esa edad me quitaron a mi padre,

A los siete siempre tengo pérdida.

A los siete siempre hay dolor,

A los siete siempre hay luto,

A los siete siempre hay que guardar algo, quizás ahora sea la cuarentena para proteger a mi familia y de paso a la minoría rica adinerada de este país) Eso, fue un paréntesis, los cierro.

Ahora, retomo mi plato favorito: tres claras de huevo con una yema húmeda sobre pimienta negra y remato a pimienta negra después de verlos en mi taza redonda, honda y gruesa que no me deja quemar los dedos mientras sostengo el palto, mi costumbre es sentarme en la cama, siempre en posición semiacostada, como si estuviera enferma (eso decía mi mamá, -los únicos que comen acostados son los enfermos) Yo me siento enferma a diario, Yo me siento enferma en cada respiro.

Enciendo la vela o las velas depende de la cantidad que tenga a la mano, a ratos quemo ramas y las hago parecer mi chimenea espacio que no tengo en estos 125 metros que habito, tomo la matera vacía e inhabilitada ya que dejé morir el dólar rosado que me regalo mi madre en mi cumpleaños número treinta y transformo esa matera vacía en llamas ardientes con aroma a eucalipto que refrescan el aire seco de este espacio que desconfiguro a medida que pasan los minutos.

Como buena amiga de la noche, Anhelo que llegue para que mis velas figuren con su protagonismo, para que no tengan pena ni miedo de brillar y ni de resplandecer llamas a medida que avanza lo incierto. Retomo mi comanda de cuarentena, dejar plasmado el maridaje y la intermitencia entre el huevo y el malbec. Inicio a comer con cuchararita de postre huevos revueltos, a mi derecha esta la copa de vino oscuro intenso, termino mi plato de proteína tibio y me lanzo sedienta a agarrar el tallo de la elegante copa de cristal, acerco su boca a la mía y me estampa sus fragantes aromas a uvas negras con piel delgada, a mermelada de frambuesas y jugosas cerezas que me hacen inclinar la copa para sentir esa contemplación de sabores sobre la punta de mi sediente lengua; de repente me llega el olor a huevo y me detengo, alejo la copa y pienso. -¿Debería limpiarme con servilleta antes de este acto?, o será mejor, -cambiar la copa?, me respondo- he lavado mucha loza el día de hoy, no lavare un traste más. Será mejor ir al lavamanos?… me dispongo a ello, agarro una cantidad de agua entre mis manos y me lavo los labios, cierro y empuño los labios como si estuviera en el hostal del pacifico (recuerdo mi travesía en buenaventura hace ocho años, en el baño al aire libre del hostal me pusieron una caneca azul llena de agua, la tubería rudimentaria y la recomendación era -no tomar agua, debido a que no era tratada, a la primer cocada que me eche sobre la cabeza absorbí a labios llenos ríos de agua que bajaban por mi frente), me limpio los labios con agua, pero sigo sintiendo olor a huevo en mi boca. Desisto cepillarme, la crema dental me produce un corte espantoso en este momento de vino, comida y lectura. Decido finalmente quitarme el bluejeans y la camiseta, entro a la ducha y con rapidez me enjabono, le doy un pasón a mis labios, lavo con agua helada, al secarme me sentía fresca y olorosa a jabón perfumado protex, tristemente se me habían escapado sabores con este ritual espontaneo, me mire en el espejo y me dije -Aprovechá y asegurá una buena noche, son las cinco de la tarde lávate los dientes de una vez esa media botella de malbec te la terminas en el nochero, con libro, vela y cama.

“Amor por la boca de la copa, Amor y locura por la boca envinada”

Creer en uno mismo, crearse uno mismo. Ser tu mejor obra, Septima obra.

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CONMIGO,

El césped a ras, los pies en los zapatos deportivos dejando impresiones mínimas sobre el verde tapete. Sudor que baja por el cuello, empapada la blusa que gracias a los artilugios de la modernidad con tan solo aire se secará. En los oídos un sonido apagado de una canción que no reconocía bien pero agradaba, las manos en puño acompañando el trote sostenido, la marca a vencer, vencerse ella misma; sin parar, a buen ritmo seguro hará polvo su tiempo. Sonrió complacida ante la idea, minúscula victoria sobre su cuerpo que le aliviaba en tanto corría. El cielo era plomizo, se asomaban unas nubes grises cargadas de rayos que a lo lejos sonaban en la bóveda celeste. Nada podía entonces amenazar la vuelta a casa, sola como estaba sería toda para ella. Cruzó el umbral de la puerta, todavía agitada por el esfuerzo que cada vez era menor; una suerte de costumbre ya hacía curso en su rutina y eso también le alegraba a sobremanera; el mando sobre sus sentidos, aquella sensación de autocontrol, como si a voluntad su corazón se sosegara, los latidos amainaran y ella volviera a ser en su tranquila forma de respirar y sentirse. Dejo la sala en silencio, fue hasta la cocina y abrió la nevera. En el primer anaquel la botella de rose; estaba perlada de agua y esa imagen le hizo salivar; le tocó con su largo índice y el frío le trasmitió una sensación eléctrica.  La copa también estaba ahí, así que no perdería su sensación gélida por lo pronto; abrió la tapa y sirvió ahí mismo en la heladera. Iba apurar un trago pero ¿quien le acosaba? Nadie podía siquiera tocar a la puerta; la remota distancia hacía de la casa un castillo impenetrable. Se quedó pensándolo un poco, luego de eso llaves en la barra de desayuno y al cuarto dos compañías: la copa y la botella. Como pudo abrió la perilla, la puerta se cerró detrás, una pausa para escuchar el crujido de la chapa al cerrarse; ya era doblemente prisionera de los sentidos, el silencio de la habitación reproducía como eco de catedral cada una de sus acciones, el cristal de la copa sobre el posavasos, el ruido sordo de la base de la botella en la mesita de noche, el sonido de la lumbre del fósforo y el siseo tímido de la vela al encenderse. Se sacó los zapatos deportivos, luego las medias como solía hacerlo, con los talones deslizó la primera y con el pie desnudo la otra no opuso efectiva resistencia. Un poco de dolor atravesó el aire por los pies algo impactados; no acudió a tocarlos, inesperado vino a su mente aquellos Loboutin que vió hace tanto en un escaparate; lentamente puso sus pies en punta, como si quisiera calzar los invisibles tacones de escarlata suela. Sintió un aguijonazo de placer que corrió desde sus pies hasta las rodillas; un impulso básico, primigenio quizá le hizo pujar sin querer. Tomó la copa y la puso entre la minúscula franja que dejaba descubierta la piel, entre su top deportivo y su lycra de correr. Hizo entonces la base de la copa un círculo rojo sobre la tibia piel, el frío se llevaba de repente la calidez de esa porosa superficie; la sensación de los zapatos volvió con más ahínco, sin pensarlo siquiera bebió un trago largo, el vino mojó lengua y boca, la garganta se distendió y otro pujo inexacto vio la luz del día. Los párpados se iban cerrando de a poco, no era sueño lo que le poseía, era más bien un dulce contraste entre el frío de su copa y un calor emanando de su vientre. Jugueteaba con el borde de su lycra favorita; siempre se sintió atraía por la textura de las cosas, esta le agradaba en demasía y justo ahí, tumbada en la cama, disfrutaba de poder sentirla en la yema de sus dedos sin motivo aparente; solo tocando, primero el borde, la costura interna, los detalles transparentes a los costados, la línea de entalle que daba a la entrepierna; un recorrido sinuoso sin ruta pero con un camino definido. Llegó a su intimidad, tocando sobre la tela que se humedeció de repente, pasaba los dedos de manera gentil pero determinada, hasta que la caricia se convirtió en definitiva y con mayor fruición friccionaba y bebía, el vino, sus dedos ocupados tocando sobre la tela, frío y tibieza, ambos danzando juntos en la habitación; todo daba vueltas, era cierto, todo estaba de repente tan quieto que lo único que se escuchaba eran los latidos del corazón en los oídos, la presión liberada del pecho, la agitación y el sudor ahora no por la marcha sino por otros motivos más mordaces e íntimos; se hartó de la tela debajo de sus dedos y deslizó su mano dentro del pantalón de correr; si, primero con cuidado, con dos dedos le abrió, ofreciéndose al fantasma lujurioso que imaginaba le veía, con las piernas ya abiertas y dispuestas, con los Loboutin calzados, divertida ella de pensarse de esa manera. Debía llenarse para poder continuar con aquello que le hacía delirar; su anular no encontró resistencia; mojada como estaba pasó por su clítoris en deliciosa frontera, para luego introducirse lento, muy lento, como si esa acción le hiciera de nuevo, le brindara el regalo de su sexo recién descubierto; lo que quedaba de palma tocaba el resto de su intimidad brillante, húmeda, ya no tibia, quemante; única, el paroxismo se aproxima raudo, quería contenerle pero le ganó la gravedad de sus impulsos; como un río acusó recibo de su pequeña muerte; todo comenzó recién acabó para ella y por ella, la copa estaba vacía, el día apenas comienza.